Perro Paco: por qué Madrid le dedicó una estatua
No tuvo dueño, pero Madrid le dedicó música, una esquela y una estatua. La historia de Perro Paco cambia la forma de mirar su pequeño monumento en Huertas.

El vecino que no necesita pedestal
En Huertas 71 hay un perro al que puedes pasar por alto precisamente porque está a la altura de tus pies. Tiene el hocico alargado, las orejas plegadas y la boca abierta. No vigila una fuente ni corona un pedestal: está sentado en el pavimento, como si aún tuviera sitio en la calle.
Es Perro Paco. No ganó una batalla ni perteneció a una familia ilustre. Fue un callejero al que Madrid acabó dedicando partituras, una esquela y, mucho después, este pequeño monumento. Para entender por qué, hay que retroceder a una ciudad que empezó a tratar a un perro sin dueño como a alguien conocido.
Abre Perro Paco en WAONDERUna comida, un nombre y ninguna correa
La crónica del Ayuntamiento sitúa el comienzo en el Café de Fornos, el 4 de octubre de 1879: el marqués de Bogaraya dio de comer al perro y lo llamó Paco por San Francisco de Asís. Es la versión que recoge ese relato retrospectivo, no una escena que podamos reconstruir palabra por palabra.
Una comida parece poca cosa para comenzar una historia que sobrevivirá más de un siglo. Pero hay algo hermoso en su escala: antes de la fama, antes del bronce, alguien hizo sitio a un animal que venía de la calle.
De la calle a las tertulias y a la prensa: evocación, no documento del Café de Fornos.
Paco siguió siendo callejero. El dossier de la Biblioteca Musical Víctor Espinós lo sigue por cafés, teatros y plazas de toros; la prensa convirtió sus andanzas en noticias. No era simplemente el perro de un hombre famoso: el personaje era él.
Madrid le puso música
Su popularidad dejó una huella que todavía se puede consultar. La biblioteca conserva una polca para piano dedicada a Paco, presentada con humor como obra de los perros Turco y Palomo. En sus páginas, las voces imitan ladridos. No es una biografía: es una ficción musical alrededor de un animal real.
Este detalle cambia la medida de su fama. No solo había gente que lo reconocía al verlo pasar. Alguien escribía música con su nombre; un editor la imprimía; una partitura permitía llevarse a Paco a casa sin que Paco dejara de ser de la calle. La biblioteca documenta también una marcha fúnebre dedicada a él. Entre el baile y el duelo cabe buena parte de esta historia.
Cuando las noticias dejaron de hacer gracia
Paco ante una plaza de toros: escena evocadora, no reconstrucción de sus últimos pasos ni de una plaza concreta.
En junio de 1882, un episodio en una plaza de toros acabó con su vida. Las fuentes municipales no coinciden en toda la secuencia: Turismo Madrid sitúa la muerte el día del incidente; la crónica del Ayuntamiento relata que murió después de sus heridas. No hace falta escoger la versión más dramática para entender la pérdida.
Ilustración evocadora de una corrida; no reconstruye el episodio que sufrió Paco.
La crónica municipal reproduce noticias sobre su estado y cuenta que un ciudadano anónimo pagó una esquela. Alguien quiso que la muerte de ese perro tuviera espacio en el periódico. No sabemos quién puso el dinero, pero el gesto quedó: Paco merecía una despedida escrita.
También se cuenta que sus restos acabaron en el Retiro. Lo recogen los relatos municipales, pero no hemos podido comprobar una ubicación ni una tumba visitable. Conviene dejar esa parte como tradición atribuida, no como indicación para encontrarlo allí. Su lugar de encuentro hoy sí tiene una dirección.
Volver a encontrarlo en Huertas
El 16 de enero de 2023, la iniciativa de las asociaciones Nuevo Rastro de Madrid y de Comerciantes del Barrio de las Letras se convirtió en un homenaje visible. Habían pasado más de 140 años desde la muerte de Paco. El escultor Rodrigo Romero Pérez lo devolvió a la calle en bronce.
La silueta y el gesto se contrastaron con fotografías del monumento real; la luz, la persona y el entorno son una interpretación artística.
La ficha patrimonial describe una figura a tamaño natural, con pátina negra y apoyada directamente sobre el pavimento. Ese detalle merece una pausa: para acercarte a Paco no tienes que levantar la mirada. Puedes detenerte junto a él.
La próxima vez que pases por Huertas 71, mira primero al perro y después su placa. Quizá lo que quieras guardar en una fotografía no sea una escultura curiosa, sino esta pequeña excepción entre tantos monumentos solemnes: el recuerdo de alguien que no tuvo dueño, pero sí quien lo recordara.
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